He cogido el ordenador de mi amigo Jean D’Carval por segunda vez, para confiar a vuestros oídos los secretos que me fueron confiados por mis antepasados y mi alma misma. Antes, como ya dije, me vi obligado a contar lo mal que se portan los cerdos humanos, porque ustedes sabrán lo terrible que está quedando el mundo a cada instante dentro de ese universo interior que es el yo inconsciente y desmedido que tiene el hombre, por querer poseer más y más, descuidando que será el verdugo de sus acciones, no recuerdan y olvidan pronto que con la misma vara que miden serán medidos. Pero, no estoy aquí para criticar lo mal que se han portado, porque yo también me he portado de lo peor frente a mis amigos; volviéndome con los míos, perverso, deshonesto, típico de la conciencia humana y peor todavía, siendo amigo, he defraudado a los de mi especie, dejándolos esperanzados en alguna circunstancia de sus vidas, cuando confiaban en mí. Pero, hoy, por hoy, estoy tranquilo, porque gracias a los consejos de mi amigo Jean D’Carval, comprendo que el mundo es una maravilla por descubrirse y no por destruirse. Porque se come para vivir y no se vive sólo para comer. Y hoy estoy reconociendo que soy imperfecto, el terrible imperfecto que está en proceso de rehabilitación, y que está poniendo su vida completa para sobresalir de esa tremenda crisis a la que me ví sometido por los que desde siempre se hacen llamar los grandes simios, los sapiens sapiens, los sabedores de conocimientos interminables, capaces de ser superiores a Dios. Dios que les ha dado la vida y que les ha proporcionado inteligencia.